jueves, 13 de febrero de 2014

TEXTOS TEATRO DEL ABSURDO

Acto II:
PAULA.-¿Es usted casado?
EL ODIOSO SEÑOR.-Sí. Claro. Todos los señores somos casados. Los caballeros se casan siempre... Por cierto que mañana, precisamente, tengo que ir a una boda... Se casa la hija de un amigo de mi señora y no tengo más remedio que ir...
PAULA.-¿Una boda por amor?
EL ODIOSO SEÑOR.-Sí. Creo que los dos están muy enamorados. Yo iré a la boda, pero en seguida me iré a Niza...
PAULA.-¡Cómo me gustaría a mñi también ir a Niza!
EL ODIOSO SEÑOR.-Mi finca de allá es hermosa. Tengo una gran piscina, en la que me doy cinco o seis baños diarios... ¿Usted también se baña con frecuencia señorita?
PAULA.-(Muy ingenua.) Sí. Pero claro está que no tanto como su tía de usted...
EL ODIOSO SEÑOR.-(Algo desconcertado.) ¡Claro! (Y saca del bolsillo una bolsa de bombones.) ¿Unos bombones, señorita? Para usted la bolsa...
PAULA.-(Aceptándolos.) Muchas gracias.
EL ODIOSO SEÑOR.-Por Dios... ¿Y qué echa usted en el agua del baño?
PAULA.-"Papillons de Printemps". ¡Es un perfume lindo!
EL ODIOSO SEÑOR.-Yo echo focas. Estoy tan acostumbrado a bañarme en Noruega que no puedo habituarme a estar en el agua sin tener un par de focas junto a mí. (Fijándose en PAULA, que no come bombones.) Pero ¿no toma usted bombones? (Saca un bocadillo del bolsillo.) ¿Quiere usted este bocadillo de jamón?
PAULA.-No tengo apetito.
EL ODIOSO SEÑOR.-(Sacando otro bocadillo de otro bolsillo.) ¿Es que lo prefiere de caviar?
PAULA.-No. De verdad. No quiero nada.
EL ODIOSO SEÑOR.-(Volviendo a guardárselos.) Es una lástima. En fin, señorita... (Acercándose más a ella.) ¿Me permite que le dé un beso? Después de esta conversación tan agradable, se ve que hemos nacido el uno para el otro...
PAULA.-(Desviándose.) No.
EL ODIOSO SEÑOR.-(Extrañado.) ¿Aún no? (Y entonces, de otro bolsillo, saca una carraca.) Con su permiso, me voy a tomar la libertad de regalarle esto. No vale nada, pero es entretenido...
PAULA.-(Cogiendo la carraca y dejándola sobre el sofá.) Muchas gracias.
EL ODIOSO SEÑOR.-Y ahora, ¿la puedo dar un beso?
PAULA.-No.
                                                                       Miguel Mihura, Tres sombreros de copa




Zapo: Bueno, ¿y qué hacemos ahora con el prisionero?
Sra. Tepán. Lo podemos invitar a comer. ¿Te parece?
Sr. Tepán. Por mí no hay inconveniente
Zapo, a Zepo. ¿Qué? ¿Quiere comer con nosotros?
Zepo. Pues...
Sr. Tepán. Hemos traído un buen tintorro
Zepo. Si es así, bueno.
Sr. Tepán. Usted haga como si estuviera en casa. Pídanos lo que quiera.
Zepo. Bueno
Sr. Tepán. ¿Qué? ¿Y usted, ha matado a muchos?
Zepo. ¿Cuándo?
Sr. Tepán. Pues estos días.
Zepo. ¿Dónde?
Sr. Tepán. Pues en esto de la guerra.
Zepo. No mucho. He matado poco. Casi nada.
Sr. Tepán. ¿Qué es lo que ha matado más, caballos enemigos o soldados?
Zepo. No, caballos no. No hay caballos.
Sr. Tepán. ¿Y soldados?
Zepo. A lo mejor.
Sr. Tepán. ¿A lo mejor? ¿Es que no está seguro?
Zepo. Sí, es que disparo sin mirar. (Pausa). De todas formas, disparo muy poco. Y cada vez que disparo, rezo un Avemaría por el tío que he matado.
Sr. Tepán. ¿Un Avemaría? Yo creí que rezaría un Padrenuestro.
Zepo. No. Siempre un Avemaría. (Pausa). Es más corto.
Sr. Tepán. Ánimo, hombre. Hay que tener más valor.
Sra. Tepán, a Zepo. Si quiere usted, le soltamos las ligaduras.
Zepo. No, déjelo, no tiene importancia.
Sr. Tepán. No vaya usted ahora a andar con vergüenza con nosotros. Si quiere que le soltemos las ligaduras, díganoslo.
Sra. Tepán. Usted póngase lo más cómodo que pueda.
Zepo. Bueno, si se ponen así, súeltenme las ligaduras. Pero sólo se lo digo por darles gusto.
                                                          
Fernando Arrabal Pic-Nic (fragmento)



TEXTO TEATRO REALISTA

Con un suspiro de disgusto, vuelve a recostarse en el pasamanos. Pausa. URBANO llega al primer rellano. Viste traje azul mahón. Es un muchacho fuerte y moreno, de fisonomía ruda, pero expresiva: un proletario. FERNANDO lo mira avanzar en silencio. URBANO comienza a subir la escalera y se detiene al verle. 
URBANO.-¡Hola! ¿Qué haces ahí?
FERNANDO.-Hola, Urbano. Nada.
URBANO.-Tienes cara de enfado.
FERNANDO.-No es nada.
URBANO.-Baja al «casinillo». (Señalando el hueco de la ventana.) Te invito a un cigarro. (Pausa.) ¡Baja, hombre! (FERNANDO empieza a bajar sin prisa.) Algo te pasa. (Sacando la petaca.) ¿No se puede saber?
FERNANDO.-(Que ha llegado.) Nada, lo de siempre... (Se recuestan en la pared del «casinillo». Mientras hacen los pitillos.) ¡Que estoy harto de todo esto!
URBANO.-(Riendo.) Eso es ya muy viejo. Creí que te ocurría algo.
FERNANDO.-Puedes reírte. Pero te aseguro que no sé cómo aguanto. (Breve pausa.) En fin, ¡para qué hablar! ¿Qué hay por tu fábrica?
URBANO.-¡Muchas cosas! Desde la última huelga de metalúrgicos la gente se sindica a toda prisa. A ver cuándo nos imitáis los dependientes.
FERNANDO.-No me interesan esas cosas.
URBANO.-Porque eres tonto. No sé de qué te sirve tanta lectura.
FERNANDO.-¿Me quieres decir lo que sacáis en limpio de esos líos?
URBANO.-Fernando, eres un desgraciado. Y lo peor es que no lo sabes. Los pobres diablos como nosotros nunca lograremos mejorar de vida sin la ayuda mutua. Y eso es el sindicato. ¡Solidaridad! Ésa es nuestra palabra. Y sería la tuya si te dieses cuenta de que no eres más que un triste hortera. ¡Pero como te crees un marqués!
FERNANDO.-No me creo nada. Sólo quiero subir. ¿Comprendes? ¡Subir! Y dejar toda esta sordidez en que vivimos.
URBANO.-Y a los demás que los parta un rayo.
FERNANDO.-¿Qué tengo yo que ver con los demás? Nadie hace nada por nadie. Y vosotros os metéis en el sindicato porque no tenéis arranque para subir solos. Pero ése no es camino para mí. Yo sé que puedo subir y subiré solo.
URBANO.-¿Se puede uno reír?
FERNANDO.-Haz lo que te de la gana.
URBANO.-(Sonriendo.) Escucha, papanatas. Para subir solo, como dices, tendrías que trabajar todos los días diez horas en la papelería; no podrías faltar nunca, como has hecho hoy...
FERNANDO.-¿Cómo lo sabes?
URBANO.-¡Porque lo dice tu cara, simple! Y déjame continuar. No podrías tumbarte a hacer versitos ni a pensar en las musarañas; buscarías trabajos particulares para redondear el presupuesto y te acostarías a las tres de la mañana contento de ahorrar sueño y dinero. Porque tendrías que ahorrar, ahorrar como una urraca; quitándolo de la comida, del vestido, del tabaco... Y cuando llevases un montón de años haciendo eso, y ensayando negocios y buscando caminos, acabarías por verte solicitando cualquier miserable empleo para no morirte de hambre... No tienes tú madera para esa vida.
FERNANDO.-Ya lo veremos. Desde mañana mismo...
URBANO.-(Riendo.) Siempre es desde mañana. ¿Por qué no lo has hecho desde ayer, o desde hace un mes? (Breve pausa.) Porque no puedes. Porque eres un soñador. ¡Y un gandul! (FERNANDO le mira lívido, conteniéndose, y hace un movimiento para marcharse.)¡Espera, hombre! No te enfades. Todo esto te lo digo como un amigo.